El huerto escolar, sembrando educación

Cada vez son más numerosos los centros educativos que cuentan con un huerto.

Tanto las modalidades como las aplicaciones son muy diversas: huertos en tierra, en contenedores o huertos verticales aprovechados como actividad extraescolar, como complemento de algunas asignaturas o como actividad de apoyo para alumnado con necesidades especiales. Pero todas comparten algo en común: no se trata de un proyecto meramente productivo, la actividad agrícola siempre es una excusa para emprender otros proyectos educativos de diferente índole.

A pesar de su reciente multiplicación, los huertos escolares no nacieron ayer. A finales del siglo XVIII comienzan a surgir las teorías que defienden una relación entre el desarrollo humano y el medio ambiente. Jean-Jacques Rousseau[1] y Johann Pestalozzi[2] afirmaban que el contacto directo con la naturaleza es un factor del correcto desarrollo durante la infancia. Decroly[3], fue el primero en introducir el huerto en el contexto escolar como herramienta para el aprendizaje y como laboratorio vivo que sitúa al alumnado-hortelano como agente de su propio proceso de aprendizaje.

En nuestra experiencia en huertos escolares hemos podido comprobar sus numerosos beneficios socioeducativos:

Desarrollo cognitivo.

Un estudio realizado en 36 centros escolares de primaria de Barcelona y publicado en la revista científica PNAS [4] concluye que la existencia de zonas verdes en el entorno de los niños y niñas, especialmente en el entorno escolar mejora el desarrollo cognitivo. La presencia de jardines y huertos en los centros escolares es por tanto en sí mismo beneficioso, pero además suponen un recurso pedagógico de gran valor.

El mantenimiento de un huerto ecológico es un complemento muy importante de la asignatura de Conocimiento del Medio Natural – Science para los centros bilingües en inglés- ya que permite concretar y vivir a través de la experiencia directa los contenidos tratados en el aula. En el huerto se combinan los momentos de reflexión con las tareas prácticas en las que el alumnado vive el ciclo de las plantas, de la materia y de las estaciones o es testigo de las relaciones entre plantas y animales y de otros procesos naturales como la infiltración del agua en el suelo.

Una profesora de 2º de primaria del Liceo Francés de Madrid me explicaba que notaba una diferencia muy notable en el nivel de conocimientos sobre las plantas entre los/as alumnos/as que llevan varios años en el proyecto con respecto a quienes llegan por primera vez al centro y es que efectivamente, según el cono del aprendizaje de Edgar Dale[5], la experiencia directa es la manera más eficaz de aprender. También Freinet[6] describía el huerto escolar como un proyecto enriquecedor por las observaciones concretas que permite realizar sobre los seres vivos y como lugar de enraizamiento de la enseñanza científica.

Pero no debemos concebir este proyecto como exclusivo de las ciencias naturales ya que su multifuncionalidad y la gran motivación con la que el alumnado participa nos ofrece la posibilidad de convertirlo en el hilo conductor para abordar el resto de las asignaturas y en el motor de adquisición de muchas de las competencias exigidas en los programas. Por citar algunos ejemplos mencionaremos algunas de sus aplicaciones en matemáticas (toma de medidas, cálculo de áreas, cálculo de plantas y de volumen de tierra necesarios, elaboración de gráficas de crecimiento de una planta a lo largo del tiempo, etc.), en lengua (producciones escritas de diferente tipo con la temática del huerto: poesías, adivinanzas, cuentos), en educación artística (representaciones plásticas y escénicas con la temática del huerto, creación de melodías a partir de las herramientas como instrumentos musicales), en idiomas (desarrollo de la totalidad o de parte de las sesiones de huerto en el idioma que se desea trabajar), en conocimiento del medio social y cultural (herramientas y cultivos en diferentes momentos de la historia, fiestas populares ligadas al campo) y en educación física (orientación en el espacio a partir de un plano, recorrido de circuitos transportando diferentes materiales, ejercicios de motricidad fina con semillas). Los ejemplos citados corresponden a contenidos de la educación infantil y primaria pero el huerto resulta un recurso igualmente potente en secundaria.

Ocio y Desarrollo personal

El huerto es un lugar al aire libre en el que el alumnado está constantemente activo, manipulando herramientas, seres vivos y materias que resultan muy atractivas, como la tierra, el agua o las semillas, por lo que se trata de un espacio particularmente estimulante y motivante.

Si además permitimos que participe en el diseño del huerto crearemos un espacio adaptado a sus necesidades e intereses. Francesco Tonucci, reconocido psicopedagogo italiano y promotor del proyecto La ciudad de los niños[7] explica que las ciudades representan un entorno poco seguro para los niños y las niñas lo que restringe considerablemente su capacidad de acción, de movimiento y sus alternativas de ocio. El huerto se presta muy bien al diseño conjunto entre educadores/as y niños/as.

Tras años de diseño de huertos ordenados con el criterio de facilitar la seguridad, el movimiento y el trabajo, pregunté a mis grupos (en los centros en los que fue posible) cómo les gustaría que fuera el espacio y nos pusimos manos a la obra: los cultivos conviven ahora con cabañas, un canal de agua, escondites entre arbustos y unos bancos móviles que a veces se transforman en circuitos para canicas. Como educadora es mi responsabilidad velar por la seguridad y en ocasiones hubo ideas que no pudieron llevarse a cabo pero en la mayoría de los casos bastó con introducir pequeñas modificaciones sobre el diseño original propuesto por los grupos. En otros centros en los que la participación del alumnado en el diseño no resulta posible por diversas razones, se puede ofrecer la posibilidad de que traigan o propongan algunas de las plantas que les gustaría que crecieran en el huerto así como el lugar de plantación. Al hacerlo, los/as alumnos/as estarán al mismo tiempo trabajando sobre cuestiones científicas como la exposición solar, el riego necesario y las interacciones con otros cultivos de las plantas elegidas.

El alumnado se convierte así en agente de cambio de su propia realidad, y al observar cómo evoluciona el espacio gracias a sus acciones y al obtener el fruto de su trabajo cuando las cosechas están listas toma conciencia de su capacidad de transformación, aumenta la confianza en sí mismo y desarrolla un sentimiento de pertenencia al huerto y por extensión al centro escolar.

Por otro lado, el hecho de que sean tan diversas las actividades que se pueden llevar a cabo en el huerto escolar y por tanto las habilidades necesarias tan dispares facilita que todos los niños y niñas se sientan a gusto disfrutando en compañía de sus compañeros/as o incluso con sus familias con quien llevarán a cabo todos estos proyectos en equipo: efectivamente además de plantar, se pueden construir estructuras como hemos comentado pero también desarrollar proyectos artísticos, realizar experimentos científicos o poner en marcha un periódico o un programa de radio sobre el huerto, entre muchos otros.

El intercambio de ideas y la capacidad de tomar decisiones y actuar sobre el entorno generan ilusión, potencian la creatividad y fortalecen las relaciones y la cohesión de grupo. De ahí el apego que observamos que siente el alumnado hacia el proyecto y el cambio de costumbres en cuanto a su ocio: en una clase de 2º de primaria un niño regaló al resto de la clase un bulbo para cada cual en lugar de caramelos como suele ser la costumbre, varios profesores nos han comentado que los alumnos cuentan que han pedido como regalos de reyes plantas o juegos sobre naturaleza y una madre de un centro en el que el proyecto se desarrolla en primer ciclo de primaria nos explicaba cómo su hijo de 9 años había disfrutado tanto en el huerto que seguía muy interesado por las plantas de la casa y era él quien se ocupaba de mantenerlas reduciendo así el tiempo que dedicaba a la televisión y a la consola.

Alimentación saludable y sostenible

La actualidad nos plantea dos retos en cuanto a educación alimentaria: luchar contra los malos hábitos alimenticios causantes de trastornos de salud y revertir la lógica de consumo de alimentos fuera de temporada y/o de orígenes lejanos, fuente de graves problemas ambientales y sociales.

Un estudio médico realizado por la Universidad Complutense de Madrid y la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación señala un “deterioro paulatino de la calidad de la dieta en los últimos años” causantes de obesidad y sobrepeso entre la población infantil y juvenil. Advierten que sumado a los trastornos de salud que conlleva, el sobrepeso puede ser fuente de “alteraciones de la conducta como la merma de la autoestima y otros conflictos que pueden abocar al niño o al joven al fracaso escolar”[8]

El hecho de cuidar de los cultivos durante todo el año, ver cómo crecen gracias a su trabajo y poder recolectarlos al final genera en el alumnado una atracción hacia ellos y el deseo de probarlos desarrollando poco a poco el gusto por el consumo de frutas y verduras. En nuestra experiencia en huertos escolares hemos presenciado escenas aparentemente inverosímiles pero ciertas: un niño de 4 años comiéndose a bocados un brócoli recién cosechado, clases enteras impacientes por abrir las vainas de sus guisantes para probarlos o una ensalada devorada por un grupo de 3º de primaria hasta la última hoja tras prepararla con los ingredientes que recogieron.

Por otro lado, el trabajo en el huerto nos convierte en testigos del ciclo de las estaciones y de los cambios en las plantas que conlleva lo que facilita entender que cada cultivo es propio de una época del año determinada y que cultivarlo en otro momento implica una gran inversión energética entre otros. Es un punto de partida excelente para abordar la problemática tanto social como ambiental del consumo de productos fuera de temporada y concienciar al alumnado de la importancia de cambiar ese hábito tan extendido hacia una alimentación basada cada vez más en productos locales y propios de cada estación para luchar contra la inseguridad alimentaria, la contaminación ambiental y el cambio climático que provoca el sistema actual.

La FAO sostiene que los huertos escolares son una plataforma de aprendizaje muy útil para mejorar la educación y la nutrición infantil y, a la vez, fomentan la conservación del medio ambiente y el bienestar social, físico y mental de toda la comunidad educativa.[9]

Educación y participación en medio ambiente

“Para mi hija, su día preferido de la semana es el día que le toca ir al huerto” me comentó la madre de una alumna de 2º de primaria del CEIP Nuestra señora de la Paloma (Madrid).

Efectivamente, el huerto es un proyecto que motiva mucho al alumnado, tienen el deseo de estar y de actuar en ese espacio vivo con el que van creando una afectividad que se traduce poco a poco en una sensibilidad hacia el medio natural y los seres y elementos que lo componen y en el deseo de respetarlos y cuidarlos. Una monitora encargada de vigilar el recreo en el Liceo Francés de Madrid vino a contarme cómo “unos niños que participan en el proyecto estaban pidiendo a otros -que no lo hacen- que no mataran a una lombriz que habían encontrado en el patio”.

El huerto escolar es pues una valiosa herramienta para la educación ambiental: “Mis alumnos están apasionados por el compost y les encanta separar la basura” afirma una profesora de 1º de primaria en el Liceo Francés de Madrid. Pero ese entusiasmo no se limita únicamente al alumnado, en muchos centros el proyecto de huerto se convierte en el punto de partida para muchas otras iniciativas ambientales en las que participan diferentes miembros de la comunidad educativa. En nuestra experiencia podemos citar el colegio Ciudad de Roma (Madrid) en el que un grupo de madres gestiona desde hace tres años en colaboración con el comedor escolar el compostaje de parte de los restos de fruta del centro y como proyecto futuro piensan instalar un sistema de recuperación del agua de lluvia. Existen muchos otros ejemplos a nivel nacional como el colegio público San Félix en el que del huerto escolar surgió un punto para gestionar residuos de forma responsable y un aparcamiento de bicicletas para fomentar la movilidad sostenible.

Me gusta comparar el huerto escolar con el fantástico bolso de Mary Poppins: una vez que empiezas a sacar ideas parece que no tiene fondo y puedes hacer todo lo que te propongas. Con una metodología activa y participativa el huerto es fuente de inspiración, de ilusión y de educación.

Laura Redal Merino

Terrativa S. Coop. Mad.

www.terrativa.net / www.cursos-medioambiente.com

Facebook: https://www.facebook.com/terrativacoop


[1] Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Escritor, filósofo, músico, botánico y naturalista franco-helvético. Defiende esta tesis en su obra El Emilio, o De la Educación (1762)

[2] Johann Pestalozzi (17461827). Pedagogo suizo que dirigió su labor hacia la educación popular. Defiende esta tesis en su obra Diario de un padre (1774)

[3] Ovideo Decroly (1871-1932). Pedagogo, psicólogo, médico y docente belga.

[4] http://www.pnas.org/content/early/2015/06/09/1503402112

[5] Edgar Dale (1900 – 1985). Pedagogo estadounidense conocido por su famoso Cono de la experiencia (Cone of Experience).El Cono de la experiencia representa la profundidad del aprendizaje realizado con la ayuda de diversos medios.

[6] Célestin Freinet (1896-1966), Pedagogo francés creador de la Cooperativa de la Enseñanza Laica.

[7] El proyecto “La ciudad de los niños” desarrollado en diferentes ciudades europeas y sudamericanas ha llevado a cabo en Fano (Italia), ciudad en la que se inició  en mayo del 1991., una experiencia de planificación de espacios públicos con niños de la escuela infantil y primaria. Mediante talleres dirigidos por un arquitecto, los niños elaboraron dibujos y maquetas con sus propuestas para plazas, parques o espacios abandonados, que se presentaban a la corporación municipal y que en algunos casos han llegado a construirse.

[8] Obesidad infantil en España: hasta qué punto es un problema de salud pública o sobre la fiabilidad de las encuestas. Martínez Álvarez, J. R.1,3; Villarino Marín, A.1,2; García Alcón, R. M.3; Calle Purón, M. E.1; Marrodán Serrano, M. D.2,3. Nutr. clín. diet. hosp. 2013; 33(2):80-88. Julio 2013.

  • 1 Unidad de Nutrición. Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.
  • 2 Grupo de Investigación Epinut. Universidad Complutense de Madrid.
  • 3 Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación

[9] http://www.fao.org/docrep/009/a0218s/a0218s00.HTM

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