De octubre a septiembre: así ha cambiado el calor la vendimia española en 35 años

Finca Carbonera - viñedo de altitud frente el cambio climático

Grupo Barón de Ley ha reunido en Madrid a expertos de Rioja y Ribera del Duero para analizar cómo el calentamiento global obliga a replantear el mapa del viñedo y el calendario de la vendimia. El viñedo de altitud, antes un obstáculo, se convierte hoy en la principal palanca de adaptación ante el cambio climático.

En 1990, la vendimia en Rioja empezaba el 15 de octubre. Hoy arranca en la primera quincena de septiembre. Un mes de diferencia en apenas tres décadas y media que no es un dato anecdótico: es la evidencia más tangible de que el cambio climático está redibujando el futuro del vino español. Ayer tuvimos la suerte de asistir a la jornada convocada por el Grupo Barón de Ley en la que esta transformación se puso sobre la mesa con datos, honestidad y una certeza compartida: no hay vuelta atrás.

La cita reunió en Madrid a los directores técnicos de dos de las bodegas del grupo, César Fernández, de El Coto de Rioja, y Lluís Laso, de Coto de Caleruega, junto con Víctor Fuentes, director general del grupo. El diagnóstico fue claro: la altitud ha pasado de ser una dificultad agronómica a convertirse en la principal herramienta de adaptación ante el calentamiento global. La investigación científica más reciente lo confirma: en la mayoría de las regiones vitivinícolas del mundo, las cosechas se han adelantado entre dos y tres semanas en los últimos 40 años, de ahí la importancia que está cobrando el viñedo de altitud en nuestro país.

Viñedo de altitud frente al termómetro que bloquea la vid 

El dato más revelador de la jornada llegó de la mano del Índice de Winkler, la herramienta estándar para medir la acumulación de calor útil en viñedo. Este índice parte de temperaturas superiores a 10 ºC, pero tiene un límite superior crítico: a partir de 33 ºC, la planta entra en bloqueo fisiológico y frena la maduración. La piel de la uva no madura correctamente, los taninos quedan ásperos y los perfiles aromáticos se degradan. El sol, en exceso, se convierte en el peor enemigo del enólogo.

Para visualizar ese impacto, Lluís Laso presentó una comparativa entre Peñafiel —a 730 metros de altitud, corazón de la D.O. Ribera del Duero— y Caleruega, a 960 metros sobre el nivel del mar. Los resultados son elocuentes:

La conclusión es directa: en 2025, un viñedo en Peñafiel soportó 45 días con temperaturas que bloquean a la planta, mientras que a 230 metros más de altura, en Caleruega, esa presión se redujo a 15 días. Zonas que hace apenas una generación se consideraban demasiado frías para madurar la uva correctamente son hoy las más cotizadas del mercado. De hecho, diversos estudios sugieren que en torno a nueve de cada diez regiones costeras y de baja altitud de España, Italia y Grecia no podrán seguir produciendo vino de calidad en condiciones sostenibles si el calentamiento global supera los 2 ºC.

Las condiciones únicas del viñedo de altitud en Coto de Caleruega 

Coto de Caleruega gestiona 375,7 hectáreas de viñedo repartidas en seis fincas —Monte Alto, Valdequintana, Quiñonera I, Corralmocho, Quiñonera II y El Rebollar—, con el tempranillo como variedad dominante en 317,8 hectáreas. La gran amplitud térmica de la zona —inviernos largos y fríos, veranos cortos con noches frescas y vientos del norte y noroeste— produce maduraciones completas con excelente conservación de acidez, graduaciones equilibradas y taninos firmes en los tintos: exactamente lo que el mercado demanda cuando el calor amenaza la frescura.

Viñedo de altitud en Caleruega

Lluís Laso insistió en que ese entorno no es sólo una ventaja climática pasiva. Es el resultado de una apuesta estratégica: apostar por viñedo propio en altitudes diferenciales para controlar la calidad desde la raíz. El grupo cuenta además con 900 hectáreas de viñedo propio en Rioja y 200 en Cigales. Este patrimonio vitícola que le permite trabajar con uvas adaptadas a distintas expresiones de un mismo calentamiento. Se estima que por cada grado centígrado que sube la temperatura media, la vendimia se adelanta una semana, un ritmo que las bodegas ya no pueden gestionar de forma reactiva.

Finca Carbonera: el viñedo más alto de la Rioja

Desde D.O.Ca Rioja, César Fernández presentó Finca Carbonera como el proyecto más ambicioso de adaptación climática del grupo en esa denominación. Lanzado en 2008 con una visión que entonces parecía excéntrica, este viñedo ocupa 180 de las más de 500 hectáreas de la finca, con altitudes que oscilan entre los 737 y los 997 metros sobre el nivel del mar. Es, a día de hoy, el viñedo a mayor altitud de toda la D.O.Ca Rioja. Su clima continental, sus suelos pedregosos de alta capacidad drenante y su vocación hacia los blancos reflejan una apuesta que el mercado tardó en entender pero que el clima ha terminado por validar.

Fernández también abordó uno de los cambios técnicos más contraintuitivos de la viticultura moderna: prescindir del deshojado. Durante décadas, exponer el racimo al sol era sinónimo de calidad. Hoy, ese criterio ha quedado obsoleto en muchas zonas.

«La gestión de la sombra en el racimo es muy importante. Era muy habitual hacer una labor que se llama deshojarlo y dejarlo en racimos expuestos al sol. El inconveniente es el exceso de insolación, que en el caso de los blancos degrada los compuestos aromáticos. Por lo tanto, los dejamos cubiertos con su vegetación natural. Un exceso de insolación puede ser la peor plaga a nivel de degradación de lo que buscas«, afirmó a El Mundo Ecológico César Fernández, director técnico de El Coto de Rioja, en entrevista personal tras el evento.

El reto, reconoció Fernández, es delicado: «más vegetación implica mayor humedad relativa en torno al racimo y, por tanto, mayor riesgo de pudrición«. El mayor riesgo de pudrición en la vid está asociado principalmente al hongo Botrytis cinerea (podredumbre gris), y en menor medida a otros como Plasmopara viticola (mildiu) y Guignardia bidwellii (pudrición negra).  Esta primavera, especialmente lluviosa, ha sido una prueba de ello. «Hemos tenido la suerte de que no han coincidido las lluvias con el momento de floración«, apuntó, sin ocultar que el equilibrio se vuelve cada año más difícil de sostener.

Cooperar con la naturaleza o perder

La jornada dejó también espacio para una reflexión más personal. La conversación que mantuvimos a solas con Víctor Fuentes, director general del Grupo Barón de Ley, al hablar de los grandes aprendizajes acumulados en décadas de viticultura en un clima cambiante, derivó hacia terreno más personal.

«Con la naturaleza hay que cooperar, no ir nunca a la contra. Y lo segundo que se necesita es mucho conocimiento y estar muy encima de las cosas. Es así de sencillo, con toda la humildad del mundo. Tiempo, dedicación, trabajo y mente abierta. Cada año es una historia diferente«, afirmó al hablar de los grandes aprendizajes acumulados en décadas de viticultura en un clima cambiante.

Viñedos en Caleruega

Esa filosofía tiene también una traducción en números de sostenibilidad. El grupo está adherido a la certificación Sustainable Wineries for Climate Protection (SWfCP). Este es el único estándar específico para bodegas en materia medioambiental impulsado por la Federación Española del Vino desde 2015. Actualmente, el autoconsumo fotovoltaico representa el 13,6% del consumo energético del grupo, con el objetivo de alcanzar el 17%. Por su parte, el consumo total se ha reducido un 9,5% respecto al año anterior.

El debate pendiente: ¿vale la pena el sello ecológico?

La conversación que mantuvimos a solas con César Fernández, Director técnico de El Coto de Rioja, derivó hacia la rentabilidad del vino ecológico. Fernández fue directo, sin filtros comerciales: «La viticultura ecológica da vinos de calidad superior; la pureza de la fruta es extraordinaria. Los costes son también mayores y la dificultad está en trasladar eso al cliente. Yo creo que el argumento del vino ecológico no debe ser nunca el argumento central del producto, sino algo complementario. Porque consumidor ya presupone que el vino ha sido cultivado de forma responsable». Y así es como afirman hacerlo en Barón de Ley. 

Es un diagnóstico que recoge un debate real en el sector: la geografía de la producción de vino está cambiando por efecto del clima. Pero los mercados todavía no han terminado de interiorizar que un vino proveniente de un viñedo de altitud, producido con menor rendimiento y mayor coste, ofrece un valor diferencial que va más allá de la etiqueta. La altitud, como la sostenibilidad, necesita aún aprender a contarse.

Un mapa diferente al del pasado

El sector vitivinícola español afronta, en definitiva, una paradoja: el cambio climático que amenaza sus zonas históricas es el mismo fenómeno que está poniendo en valor territorios que hace una generación nadie miraba. La recomposición del mapa ya está en marcha —silenciosa, técnica, cara— y las bodegas que llegaron antes a las alturas tienen hoy una ventaja que no se improvisa.

Subir no es sólo una metáfora. Es una estrategia, una inversión y, cada vez más, la única respuesta disponible. El vino español lleva siglos definiéndose por su terruño. Lo que está cambiando, aceleradamente, es qué terruño podrá seguir siendo el suyo.

Salir de la versión móvil