El tomate que llegó de América hace unos 500 años y hoy es madrileño

Semillas de variedades tradicionales de tomate, entre ellas el Gordo de Patones, en el banco de germoplasma del IMIDRA. Foto: [IMIDRA]

Madrid conserva en un banco de semillas el rastro vivo de la comida que llegó de América en el siglo XVI. Ese tesoro agrícola, que incluye el tomate Gordo de Patones y los pimientos de Aranjuez, vuelve ahora a las huertas de la región de la mano del IMIDRA.

La huella de América también crece en los campos madrileños. Tomate, pimiento y calabaza llegaron hace cinco siglos y hoy son imprescindibles en nuestra cocina. En el caso del tomate, el catálogo de tomates tradicionales de la Comunidad de Madrid sitúa su llegada a España probablemente en la primera mitad del siglo XVI.

La historia cobra aún más actualidad en el Día de la Hispanidad. Madrid ha reunido del 2 al 12 de octubre más de 200 actividades en cerca de 70 espacios bajo el lema «Todos los acentos del español caben en Madrid». El campo ofrece otro vínculo entre las dos orillas del océano.

Patones y Aranjuez, con sello propio

Aquellas plantas no se quedaron como llegaron. Se aclimataron, cambiaron y adquirieron rasgos propios, y así surgieron productos ligados al paisaje madrileño. Dos ejemplos son el tomate Gordo de Patones, recuperado por el IMIDRA, y los pimientos de Aranjuez, con variedades como Infante de Aranjuez, San Clemente y de Aranjuez.

El tomate Gordo de Patones, junto con el Moruno y el Antiguo, desapareció de los campos madrileños en los años 60, cuando el éxodo rural vació las huertas. El IMIDRA los recuperó tras una investigación exhaustiva que permitió que en 2020 los agricultores pudieran producir 40.000 kilos de las tres variedades: 17.000 de Moruno, 12.000 de Gordo y 11.000 de Antiguo.

El oficio del hortelano

El Gordo de Patones no es idéntico al tomate que llegó de América, sino fruto de unos 500 años de cultivo. Victoria Colomo, jefa del Servicio de Horticultura del IMIDRA, explica que “primero actuó la selección natural: algunas plantas prosperaron en el nuevo entorno y otras no”.

Después llegó la destreza del hortelano, que reservaba cada temporada las semillas de los frutos que más le gustaban. Aquella elección continuada favoreció en Madrid ejemplares más rojos, grandes, redondos y lisos, rasgos que aún se reconocen en las colecciones actuales.

Un banco contra el olvido

Estanterías con cientos de tarros de semillas de hortalizas y legumbres en el banco de germoplasma del IMIDRA
Colecciones de semillas de hortalizas y legumbres conservadas en el banco de germoplasma del IMIDRA. Foto: [IMIDRA]
El trabajo del IMIDRA está permitiendo rescatar cultivos que habían desaparecido de las huertas. Según la Comunidad, empezó en 2014 y ya guarda más de 300 semillas de municipios madrileños. El 80% son recursos genéticos que comenzaron a retroceder en los años 60. Su proyecto Banco Hortícola reúne variedades de 22 especies tradicionales, guardadas como simientes con temperatura y humedad controladas.

¿Por qué guardar semillas? Porque la diversidad agrícola se esfuma. La FAO ya calculaba en los años 90 que desde principios del siglo XX se había perdido cerca del 75% de la diversidad genética de los cultivos, sobre todo por la sustitución de variedades tradicionales por otras modernas y uniformes.

La caja fuerte del planeta

Por eso los bancos de semillas funcionan como copia de seguridad, y el último eslabón está en el Ártico. La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, abierta en 2008 y excavada en una montaña con permafrost, conserva a 18 grados bajo cero más de 1,2 millones de muestras. Tiene capacidad para almacenar hasta 4,5 millones.

Madrid también tiene allí su rincón: en 2024 la Comunidad envió trece variedades del IMIDRA , cinco de tomate, cuatro de trigo duro, tres de cebada y una de avena. Y la bóveda ya ha demostrado su utilidad: en 2015, tras la guerra en Siria, el centro ICARDA retiró más de 116.000 muestras para reponer su banco de Alepo.

Una persona del IMIDRA sostiene un tarro de avena del banco de germoplasma. Foto: [IMIDRA]

Del banco a la huerta

Guardar no basta. Las semillas secas y conservadas a unos 20 grados bajo cero pueden vivir más de un siglo, pero después hay que sembrarlas para renovarlas. El círculo se cierra cuando lo guardado vuelve a las huertas: la Comunidad ofreció este año 55.000 plantones de variedades autóctonas, 7.000 más que en 2025.

La lista incluye, por primera vez, la cebolla blanca y la morada de Chinchón, registradas en enero de 2026. Cuidar esta diversidad es reconocer una historia compartida entre ambas orillas y garantizar que siga germinando. Un futuro que también depende del suelo que sostiene nuestros cultivos.

 

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