Los embalses españoles están llenos de agua, pero se mueren por dentro: Greenpeace lanza la alarma

Embalse de la Pinilla, España

La organización ecologista alerta de que las infraestructuras hidráulicas del país, como los embalses, operan bajo una presión climática para la que no fueron diseñadas. Así, España bate el récord histórico de agua embalsada mientras sus presas envejecen sin solución. El mayor incremento semanal de reserva hídrica de la historia no puede ocultar décadas de abandono.

España vive esta semana un hito hidrológico sin precedentes. Las últimas borrascas han disparado la reserva hídrica peninsular hasta los 43.341 hm³, el 77,34% de la capacidad total, según datos del Ministerio para la Transición Ecológica. El incremento semanal ha alcanzado los 5.634 hm³, el mayor registrado desde que existen datos semanales oficiales, superando el anterior récord de 4.735 hm³ del 2 de enero de 1996.

Las cifras parecen una buena noticia para un país que lleva años combatiendo la sequía. Sin embargo, Greenpeace lanza hoy una advertencia que cambia el relato: los embalses españoles están envejeciendo en silencio y su capacidad real es menor de lo que muestran los indicadores.

Los embalses españoles: una infraestructura del siglo XX ante el clima del siglo XXI

El grueso de las grandes presas españolas se construyó entre 1950 y 1975, durante la dictadura franquista. Eso significa que una gran parte de estas infraestructuras está cruzando ahora mismo el umbral de su vida útil teórica de proyecto, entre 50 y 75 años. El hormigón resiste, pero no así el acero: las compuertas, válvulas y desagües de fondo están llegando al final de su vida operativa segura.

Embalse. Imagen Greenpeace.
Embalse. Imagen Greenpeace.

«Se están gestionando infraestructuras proyectadas a mediados del siglo XX bajo una variabilidad climática extrema propia del siglo XXI«, advierte Greenpeace. El problema no es el riesgo de colapso estructural, sino una pérdida progresiva y silenciosa de eficiencia operativa que ningún dato de llenado refleja.

La muerte silenciosa: colmatación y sedimentos. Los datos que los embalses no cuentan

Cada episodio de lluvias torrenciales arrastra toneladas de sedimentos, lodos y detritos desde las cuencas hasta el fondo de los embalses. Este proceso, conocido como colmatación o aterramiento, reduce el volumen útil real de almacenamiento. Según un estudio publicado en iAgua, la disminución media de capacidad en los embalses españoles analizados se estima ya en un 5%, con una pérdida anual media del 0,16% del volumen inicial.

El problema es global pero golpea especialmente a España. Un estudio de la Universidad de las Naciones Unidas advierte de que unas 50.000 grandes presas en todo el mundo han perdido ya entre el 13% y el 19% de su capacidad original, y las pérdidas totales alcanzarán entre el 23% y el 28% en 2050. En España, algunos casos son especialmente alarmantes, llegando, en algunos casos, a la pérdida de hasta de un 40% de su capacidad por sedimentos.

Embalses llenos de barro, no de agua

Los casos más extremos de colmatación en España se concentran en la cuenca del Guadalquivir. El embalse de Cordobilla tiene sólo el 1,5% de su capacidad ocupada por agua, es decir, 0,5 hm³. El resto, hasta 34 hm³, es barro. Los embalses de Doña Aldonza y Pedro Martín, también en la cuenca del Guadalquivir, han agotado su vida útil con el 97,5% y el 94,1% de su capacidad respectivamente ocupada por sedimentos. Ya no son pantanos: son lodazales donde ha llegado a crecer vegetación sobre las islas de sedimento.

El problema también afecta a los grandes embalses. Mequinenza, en el curso del Ebro, podría haber mermado su capacidad en un 13%, lo que equivale a 200 hm³ de agua, el consumo de Madrid durante cuatro meses. En la cuenca del Segura, el embalse de Valdeinfierno acumula 35 metros de espesor de sedimentos en su fondo.

La dimensión del deterioro tiene una cifra que lo resume todo. La tasa de aterramiento en los embalses españoles ronda los 100 hm³ al año. Esto significa que cada 50 años se pierden unos 5.000 hm³ de capacidad de almacenamiento, y algunos estudios estiman que para 2050 se habrán perdido cerca de 9.000 hm³ sobre un total de aproximadamente 52.000 hm³. Una hemorragia silenciosa que no aparece en ningún boletín hidrológico.

El norte pierde menos, el mediterráneo se hunde

La geografía de la colmatación no es uniforme. El Libro Blanco del Agua en España recoge que las pérdidas de volumen por sedimentación son del 0,16% anual, siendo la cuenca Norte II la más afectada con un 0,56% anual, aunque los datos contemplan sólo 110 de los más de 1.300 embalses existentes. La cuenca del Tajo, con apenas un 0,07% anual, es la que menos sufre este fenómeno.

Las cuencas mediterráneas son las más vulnerables, con suelos de mayor erosionabilidad y precipitaciones muy irregulares. La erosión es especialmente grave en la vertiente mediterránea y en las islas Canarias, donde la irregularidad de las precipitaciones favorece una escorrentía natural muy alta. A esto se suma una gestión agraria que agrava los procesos erosivos, con consecuencias directas sobre los embalses río abajo.

El olivar andaluz, un actor inesperado

Detrás del problema de la colmatación hay también una historia de usos del suelo. La Confederación Hidrográfica del Guadalquivir advierte de que más del 56% de los 13.000 km² de olivares plantados en la cuenca pueden perder por erosión hasta 80 toneladas de suelo por hectárea al año. Son millones de kilos de tierra que el agua arrastra ladera abajo hasta quedar atrapados detrás de las presas, acelerando su colmatación año tras año.

Este dato conecta directamente con la propuesta de Greenpeace: la restauración hidrológico-forestal no es sólo una medida ambiental, sino también una defensa activa de las infraestructuras hidráulicas. Cambiar los usos del suelo en las cuencas que alimentan los embalses es tan urgente como modernizar las compuertas de las presas.

El agua que se ve no es el agua que hay

«Se está almacenando menos recurso del que dicen las cotas debido a la acumulación de sedimentos en el fondo«, señala Greenpeace. La limpieza de lodos es técnicamente posible, pero extraordinariamente cara.

A este problema se suma la obsolescencia de los sistemas de gestión. Las infraestructuras más antiguas carecen de la agilidad necesaria para gestionar las llamadas «avenidas sólidas», esa mezcla de agua y sedimentos que traen consigo las nuevas borrascas de mayor intensidad.

La solución comienza fuera del embalse

Greenpeace reclama un giro radical en la política hídrica española que va mucho más allá del mantenimiento de las presas. Para la organización ecologista, la clave está en restaurar las cuencas que las alimentan. La restauración hidrológico-forestal, que combina reforestación estratégica y estabilización de laderas, reduce la velocidad del agua y, lo más importante, retiene el suelo antes de que llegue al embalse.

El marco legal existe: el Reglamento de Restauración de la Naturaleza de la UE, aprobado en 2024, obliga a los Estados miembros a restaurar al menos el 20% de sus zonas terrestres y marítimas antes de 2030. España deberá traducir ese compromiso en un Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza antes de agosto de 2026, una fecha que la organización exige que se cumpla sin demora.

Rehabilitación masiva o vulnerabilidad creciente

«El incremento semanal de 5.634 hm³ es un recordatorio de que la naturaleza tiene capacidad de recuperación, pero también de que la violencia de estos fenómenos, cada vez más intensos por el cambio climático, exige una adaptación. Es el momento de la rehabilitación masiva, restauración hidrológico-forestal de cauces y cuencas«, ha declarado Julio Barea, doctor en Hidrogeología y responsable de aguas de Greenpeace.

«De lo contrario, la obsolescencia técnica de nuestros embalses nos volverá cada vez más vulnerables ante la próxima gran crisis hídrica«, concluye Barea. La organización reclama una inversión ambiciosa en dos frentes simultáneos: la modernización tecnológica de presas y el desaterramiento sistemático, por un lado, y la recuperación de la cobertura forestal en cuencas y cauces, por otro. Restaurar no es sólo medioambiente: es seguridad para la población.

El agua de hoy no garantiza el agua de mañana

España celebra esta semana una cifra histórica mientras sus embalses acumulan en silencio una deuda que ningún dato de llenado refleja. Los pantanos españoles se están vaciando por abajo al tiempo que se llenan por arriba: cien hectómetros cúbicos desaparecen cada año en forma de sedimentos sin que ningún boletín hidrológico lo recoja. El récord de esta semana es real, pero también lo son los embalses convertidos en lodazales, las compuertas de los años cincuenta que ya no responden y las cuencas erosionadas que cada borrasca vacía un poco más.

El geógrafo Jorge Olcina considera prioritaria la revisión de la seguridad de las presas y el drenaje de embalses muy colmatados por sedimentos, especialmente en cuencas mediterráneas, recordando que «con el paso del tiempo, algunas de estas presas se han llenado de sedimentos que hacen que la capacidad real de los embalses ya no sea la teórica de cuando se construyeron«.

La pregunta no es si España tiene agua hoy. La pregunta es si tendrá la infraestructura necesaria para retenerla mañana. Y la respuesta, de momento, no es tranquilizadora.

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