¿Tiene precio un bosque?

Una aproximación al capital natural como forma de valorar los ecosistema

Aunque son evidentes los efectos que tiene la economía en el medio ambiente y a su vez la dependencia que tienen los agentes y procesos económicos del medio ambiente, lo cierto es que a lo largo de la historia, los modelos económicos no han sabido reflejar fielmente esta fuerte relación.

Desde mediados del siglo pasado se intenta poner remedio a esta falta de vinculación formal entre economía y medio ambiente. Se han desarrollado distintas líneas de trabajo entre economistas e investigadores. Unas más centradas en tratar de dar valor económico a los elementos del medio natural para que puedan integrarse dentro del marco del modelo económico usando su mismo lenguaje. Otras se han preocupado más por situar a la economía como un pequeña parte de un sistema ecológico y social más grande, señalando que son los límites físicos de los ecosistemas los que marcan los límites al crecimiento y al desarrollo de los sistemas económicos. Así, en estos intentos de integrar ecología y economía han aparecido metodologías que van desde la valoración meramente cualitativa que ofrecen algunos de los marcos de evaluación de los servicios de los ecosistemas hasta la cuantificación económica de cada elemento de la naturaleza, como la que aparece en el estudio de 1997 de Constanza y otros autores/as[i]. En este estudio se aventuran a dar una cifra aproximada del valor económico del total de los ecosistemas del planeta que resulta una cifra mayor que el PIB total mundial.

El capital natural

Dentro de estos marcos de trabajo, un enfoque que ha tomado cierta relevancia en los últimos tiempos es el del capital natural. En el último CONAMA [ii], el Congreso Nacional de Medio Ambiente, asistimos a una sesión técnica dedicada precisamente al capital natural. En dicha sesión estuvieron presentes diferentes agentes sociales incluyendo a personal investigador en economía ambiental, la administración pública, el ecologismo social, los grandes propietarios/as de tierras, algunos sectores empresariales, las organizaciones de consumidores/as, y otras entidades interesadas en la conexión entre empresas y biodiversidad. Las diferentes opiniones que plasmaron nos van a servir de hilo para plantear algunas de las controversias que suelen generar los distintos planteamientos de valoración económica de la naturaleza y en particular el del capital natural.

Una definición de capital natural es la aportada por Costanza y Daly en 1992[iii], que lo define como todo stock que genera un flujo de bienes y servicios útiles sostenible a lo largo del tiempo, lo que podríamos considerar una “renta natural”. No obstante, desde una perspectiva ecológica, otros autores  (Gómez-Baggethun y De Groot, 2007[iv]) añaden que el capital natural no es sólo ese stock o agregación de elementos (que constituiría la estructura del ecosistema), si no que incluye también todos los procesos e interacciones entre elementos (que representarían el funcionamiento del ecosistema). Por ejemplo, podemos decir que un bosque genera anualmente cierta cantidad de madera (bienes) y absorbe cierta cantidad de CO2 (servicios). Esa madera y ese CO2 constituirían la renta natural, mientras que el propio bosque, incluyendo todos sus elementos y los procesos que se producen entre ellos, constituiría el capital natural.

A pesar de que este concepto lleva estudiándose desde los años 90, no existe en la actualidad un marco de trabajo común para valorar el capital natural. Siguiendo con el ejemplo anterior, los distintos colectivos implicados en el tema no se ponen de acuerdo en cómo valorar ese bosque. ¿Tiene precio? Y si lo tiene, ¿cómo calcularlo?

Distintas perspectivas

Desde el MAGRAMA (Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente) se indica que el capital natural es un tema de actualidad en los debates entre las administraciones con competencias en materia de conservación de la biodiversidad a nivel internacional. Aunque la biodiversidad tiene un valor intrínseco que por sí mismo ya justifica la necesidad de protegerla, el hecho es que en los últimos años el deterioro de la misma no ha parado de crecer. Así, desde estos foros internacionales se ha considerado que uno de los motivos de este deterioro es la falta de visibilidad de los valores económicos y sociales que tiene la biodiversidad como sustento de nuestro bienestar. Como respuesta, se ha llegado al compromiso de que los distintos países realicen una evaluación de sus ecosistemas (y los servicios que proporcionan los mismos) para poder integrarlos en las contabilidades nacionales.

A pesar de todo, se señala que no todos los servicios que proporcionan los ecosistemas serán susceptibles de ser valorados económicamente; pero si en aquellos que sí se pueda, el hacer esto nos permite protegerlos, hay que ser pragmáticos y no renunciar a esta herramienta.

Desde el ecologismo social se ve como principal aspecto positivo del enfoque del capital natural que permite a la biodiversidad su integración en el debate económico y poner el foco de atención sobre temas que de otra forma se tienden a olvidar.

Pero, en contraste, se señalan otros muchos problemas que el enfoque del capital natural genera. Por un lado, la asignación de un precio llevaría aparejada un proceso de mercantilización y desde su punto de vista no todo es susceptible de ser monetarizado. Esta idea coincide con la opinión de algunos investigadores (Gomez-Baggethun y Ruiz, 2011 [v]) que consideran que en el contexto actual, no es realista creer que la valoración monetaria de los ecosistemas no va a llevar asociada una mercantilización de los mismos. Por otro lado, se genera la necesidad de buscar un mercado adecuado. Se pone como ejemplo los mercados de CO2, que hasta la actualidad han demostrado su escasa utilidad y eficiencia y se preguntan si, teniendo como referencia ese ejemplo, tiene sentido todo el trabajo y dinero que se está invirtiendo para poder medir el valor económico de los ecosistemas y si no seria mas útil invertir toda eso en acciones reales de conservación de la biodiversidad. Por último se plantea una reflexión sobre a dónde nos lleva esto y qué es lo que deseamos como sociedad, ¿”economizar” la ecología o “ecologizar” la economía?

Desde dos sectores se manifiesta como una necesidad la creación de un marco válido y común de cuantificación del capital natural de los ecosistemas:

Por un lado, desde los grandes propietarios/as de tierras se defiende la figura de los bancos de hábitat (una figura introducida en la Ley de Evaluación ambiental de 2013 [vi] y aún pendiente de reglamentación) que, en sus propias palabras, consiste en poner precio a la biodiversidad para que los propietarios de terrenos con valor ambiental puedan financiar su conservación. Los bancos de hábitat se constituirían así en una herramienta para canalizar las medidas compensatorias que se deben implementar en la construcción de infraestructuras hacia inversiones para proyectos de conservación en otros lugares. La propia figura de los bancos de hábitat es criticada por distintos agentes sociales, en otro debate que está muy vivo en el momento actual [vii].

En la misma línea, ciertos sectores empresariales señalan que “la empresa entiende sólo un lenguaje económico” haciendo referencia a la necesidad de esta valoración económica, de forma que se puedan desarrollar iniciativas de contabilidad de capital natural e integrarlas dentro de las contabilidades o planes estratégicos de las empresas. Esta afirmación en realidad pone de manifiesto la defensa de un tipo de empresa y el olvido, intencionado o no, de otros modelos empresariales, como los de la economía social. La economía social está bien representada en España por el cooperativismo de trabajo, un tipo de empresa no precisamente nueva, que, sin dejar de lado los criterios empresariales de viabilidad económica, se rige también por otros valores como la gestión democrática, la cooperación o el interés por la comunidad, sin necesidad de que tengan éstos una valoración económica. También hay muchas otras empresas que, sin pertenecer a la economía social, hacen bandera de su responsabilidad social, sin necesidad de vincularla, en algunos casos, a resultados económicos.

Estos planteamientos parecen reforzar los temores que plantea el ecologismo social respecto a la mercantilización de la naturaleza, los cuales se hacen más patentes con la opinión de alguno de los economistas que señalan que “lo único que está fuera del valor de cambio es la dignidad humana y todas las cosas escasas tiene un precio”.

Respecto a esto, desde las asociaciones de consumidores/as se señala que el modelo económico no debe ser algo inamovible, si no que es una herramienta para conseguir la sociedad que queremos y su funcionamiento debe por tanto ser decidido democráticamente por la propia sociedad. También se pone de manifiesto el valor de los bienes comunales, que históricamente han sido ejemplo de conservación por parte de la comunidad, como un ejemplo de protección de la naturaleza sin necesidad de mercantilizarla.

El debate sigue abierto, ¿es posible ponerle precio al medio ambiente? Y, en todo caso, ¿es deseable?

David Mateos Pascual

 

Terrativa S. Coop. Mad.

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[i]
Costanza R, d’Arge R, de Groot R, Farber S, Grasso M, Hannon B, et al. The value of the world’s ecosystem services and natural capital. Nature 387: 253–260. 1997

[ii] http://www.conama2014.conama.org

[iii] Costanza, R. y Daly, H. Natural Capital and Sustainable Development. Conservation Biology 6: 37–46. 1992.

[iv] Gómez-Baggethun, E y de Groot, R. Capital natural y funciones de los ecosistemas: explorando las bases ecológicas de la economía. Ecosistemas 16 (3): 4-14. Septiembre 2007

[v] Gómez-Baggethun, E. y Ruiz Pérez, M. Economic valuation and the commodification of ecosystem services. Progress in Physical Geography, 2011.

[vi] Ley 21/2013, de 9 de diciembre, de evaluación ambiental. En http://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2013-12913

[vii] http://ambienta45.es/los-ecologistas-recelan-de-los-bancos-de-habitats-y-el-gobierno-supedita-su-desarrollo-al-acuerdo-previo/

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